La travesía
Entre 1876 y la Primera Guerra Mundial, Italia registró más de catorce millones de partidas. Esta es la de dos hermanas de un pueblo al pie del Monte Grappa.

Nadie fue expulsado. Eran las cuentas las que no cerraban.
Poca tierra, dividida en cada generación, los impuestos que llegaron con la unificación, la pelagra de las familias que solo comían polenta. A fines del siglo XIX, el Véneto fue una de las regiones que más gente mandaron al otro lado del océano.
Los Forner y los Miotto vivían en Monfumo y Castelcucco, dos pueblos vecinos. Fausto Miotto fue el primero en partir, después de casarse con Rosa Forner en diciembre de 1926. En 1927, Italia ya casi no dejaba emigrar a nadie para siempre — una de las excepciones era la mujer llamada por el marido que ya había partido.
Dos mujeres, cinco niños.
Rosa Forner, veinticuatro años, con Enrico, de un año. Maria Luigia Forner, treinta y uno, con Gina, Pulcheria, Rino y Danilo. Ningún hombre adulto.
Viajaban en tercera clase, en la bodega, entre unas ochocientas personas: italianos, sirios, españoles, yugoslavos. Unos setenta bajaban en Brasil; la mayoría seguía hacia Buenos Aires.


Después de la noche, los papeles.
Rescatadas del mar, las siete personas desembarcaron del carguero holandés Alhena en la Ilha das Flores, en Río, el 28 de octubre. Dos días después siguieron en tren, en un vagón especial, hacia la Hospedaria do Brás.
Allí, el 31 de octubre, fueron registradas. Casi sin equipaje. En la columna de parentesco, las dos hermanas figuraron como jefas de sus propias familias.
Quiénes eran