Hace 99 años, un martes, el 25 de octubre de 1927, el Principessa Mafalda se hundió en el Atlántico, frente a la costa de Bahía, en Brasil.
Había salido de Génova catorce días antes. Llevaba 1.259 personas, y la mayoría viajaba en tercera clase. Eran emigrantes: italianos, en gran parte, y también españoles, yugoslavos, árabes, suizos. Iban a Brasil, a Uruguay y, sobre todo, a la Argentina. Llevaban lo que entraba en un baúl y una idea sencilla, que muchas familias resumían en una frase: hacer la América. Trabajar, mandar dinero a casa, algún día volver.
A las cinco y cuarto de la tarde, el eje de la hélice se partió y el agua empezó a entrar por la popa. El sol se puso a las 18.19. Lo demás sucedió a oscuras: la luz que se apagó a bordo, los botes que salieron demasiado llenos o volcaron, gente aferrada a maderas, gente esperando en el agua a los barcos que se acercaban. El comandante, Simone Gulì, se quedó a bordo.
Murieron 314 personas, según el número oficial. Entre ellas había bebés de meses. En la lista de los que el carguero Alhena llevó a Río de Janeiro, alguien anotó a mano que dos pasajeras habían perdido a sus maridos aquella noche y pedían volver a Italia. Una muchacha de dieciséis años, llamada Josefina, perdió a sus padres y a dos hermanos y fue criada por sus tíos en la Argentina. Assunta, de veintiuno, vio a su hermano caer al mar y nunca más pudo mirar un río. Oreste, que no sabía nadar, sobrevivió aferrado a una madera y pasó la vida sin querer hablar de eso.
Los que se salvaron llegaron sin nada: lo que traían quedó en el fondo del mar. Desembarcaron en Río de Janeiro, en Bahía, en Recife, siguieron hacia San Pablo, Buenos Aires, Montevideo, y empezaron de cero la vida por la que habían cruzado el océano. Muchos prefirieron no volver a hablar nunca de aquella noche.
Mi bisabuela, Rosa Forner, tenía 24 años y llevaba en brazos a su hijo Enrico, de un año. Estaba con su hermana, Maria Luigia, y cuatro niños. Los siete se salvaron. Diez años después, en 1937, Rosa le puso a una hija el nombre del barco que casi la mata: Mafalda.
Durante mucho tiempo, el naufragio quedó en silencio. La placa que hoy lo recuerda en Génova dice que fue ocultado por las responsabilidades del régimen fascista y de la compañía naviera. En Brasil casi nadie lo recuerda. Pero en miles de familias de Brasil, la Argentina, Uruguay e Italia esa noche sigue presente, a veces en un nombre, a veces en un silencio, a veces en un baúl que nunca llegó.
Hoy es día de recordarlos: a los que no llegaron, y a los que llegaron y volvieron a empezar.