En Brasil casi nadie recuerda el Principessa Mafalda. En la Argentina, el 25 de octubre tiene nombre: es el Día del Conscripto Naval. La fecha se instituyó hace cincuenta años y recuerda a un pasajero del barco, Anacleto Bernardi, un muchacho de 21 años que estaba a bordo casi por casualidad.
Nos lo recordó un comentario llegado de la Argentina, después del texto de los 99 años: “Aquí en Argentina sí lo recordamos, y mucho.” Hay una localidad con su nombre, donde se hace una vigilia la noche del 24 al 25 de octubre.
Quién era
Anacleto Bernardi nació el 13 de julio de 1906 en San Gustavo, provincia de Entre Ríos. En enero de 1927 se incorporó a la Armada Argentina para cumplir el servicio militar y fue elegido para la dotación de la fragata Presidente Sarmiento, el buque escuela, en el viaje de instrucción de ese año. En el camino enfermó de los pulmones. Con la fragata amarrada en Génova, la Armada dispuso que volviera a casa en un barco comercial, y con él fue el cabo principal artillero Juan Santororo, encargado de cuidarlo.
El barco era el Principessa Mafalda. En la lista de a bordo, los dos están en segunda clase: “Bernardi, Anacleto (21), argentino”, entre los muertos, y “Santororo, Juan”, entre los que se salvaron.
La noche
Caras y Caretas publicó los retratos de los dos con unas pocas líneas debajo. Sobre Bernardi: “Regresaba a la patria dado de baja de la tripulación de la Sarmiento, a causa de una pulmonía de la cual se hallaba convaleciente. Llevó a cabo actos temerarios de arrojo y valor, salvando la vida a once personas. Colaboró en la penosa tarea de librar del pánico a los náufragos enloquecidos de terror. Fue un héroe que para coronar su hazaña en la madrugada del siniestro ofreció finalmente su salvavida a un anciano que se ahogaba.” Y terminaba: “¡Bravo entrerriano, murió como un argentino!”
Sobre Santororo, la revista cuenta que “hizo prodigios de coraje para serenar al pasaje enceguecido de miedo” y recogió a nado a varios náufragos desorientados entre las olas, hasta salvarse él mismo “después de una abrumadora tarea humanitaria y heroica”.
En Río de Janeiro, la revista O Malho encontró a Santororo entre los sobrevivientes y lo llamó “un verdadero héroe”. Contó que había salvado a “once o más personas”, y que mostró a los periodistas la libreta de identidad de otro marinero, también argentino, “que hasta el último momento se ocupó de salvar las vidas ajenas, y que, sin embargo, no consiguió salvar la suya”. La revista no dice el nombre.
Las dos revistas dan los mismos “once” salvados, una a Bernardi, la otra a Santororo. Así nos llegaron las historias de aquella noche: contadas por quienes estuvieron allí, por periodistas que las oyeron en el muelle, a veces mezcladas. Lo que todas dicen es lo mismo: los dos marineros, que podían haberse ocupado solo de sí mismos, pasaron la noche ayudando a los demás, y uno de ellos no volvió.
Según la Armada, en el regreso del viaje de instrucción la Sarmiento se detuvo en el lugar del naufragio, y el comandante ordenó rendir honores militares al conscripto que había salido de su dotación.
La memoria
En la Argentina, el nombre de Bernardi quedó. La estación de ferrocarril y la localidad de Conscripto Bernardi, en Entre Ríos, llevan su nombre. En San Gustavo, donde nació, y en las bases de la Armada hay placas, bustos y monumentos, y cada 25 de octubre hay actos en su memoria.
En 2026, a cincuenta años de la fecha, la Armada recordó a Bernardi como símbolo de todos los jóvenes que pasaron por el servicio militar. Para quien investiga el Principessa Mafalda, es también otra cosa: uno de los 314 muertos de aquella noche, un muchacho enfermo que volvía a casa, y cuyo nombre un país entero no olvidó.
Su nombre está en el memorial del sitio, con los demás, en El naufragio.